
Poncio yacía plácido y calmado. La blancura del rostro, espeluznante, inerte, era un disparo de nieve sobre el lúgubre ataúd. Doña Victoria apenas se vislumbraba en la penumbra, con su pañuelo negro sobre los ojos húmedos de lágrimas culposas y su mirada zigzagueando de la blancura del rostro a la candidez del amante. Alfonso no perdía su mirar libidinoso, ni la apocalíptica muerte de su hermano había podido detener el caótico, infinito sentimiento que le inspiraba la viuda. El seño acusador de Angelita, fruncido hasta las entrañas, era invisible para uno y otra. Acaso no sospecharan que la hija sabía, que la hija siempre había sabido todo. Sólo Doña Carmiña ponía freno a los sentimientos arrebatados: amaba al muerto, claro, pero su debilidad por Alfonso le duraba todavía, incluso entonces, aunque estaba vieja, incluso en un día tan funesto, cuando la vida la encontraba sobreviviendo a un hijo.
Doña Carmiña y Alfonso habían sido novios en secreto cuando eran adolescentes. Se conocieron mientras cursaban la escuela secundaria. Ella llevaba su cabellera azabache recogida con un moño blanco, sus ojos verdes iluminaban su tez trigueña, sus mejillas ardieron cuando Alfonso la miró. Se enamoraron a primera vista cuando ella ingresó al mismo colegio dónde el ya llevaba tres años estudiando. Todo era maravilloso en esos tiempos. En los recreos caminaban tomados de la mano por los jardines de rosas que lindaban con la Iglesia. Se prometían amor eterno. Soñaban con casarse y armar una enorme familia. En pocos meses más él egresaría y ya no sería tan fácil continuar esta relación. Preferían no angustiarse pensando en ello y disfrutaban de su amor.
Grande fue la sorpresa para ambos cuando el padre de él le anunció que su futura carrera la haría en la Escuela Militar de la provincia de Córdoba. Alfonso se negó rotundamente a realizar la voluntad de su padre, pero todo esfuerzo fue en vano, los primeros días del mes de Febrero se encontraba camino a su nuevo hogar, lejos de Carmiña.
Al año, ella se estaba casando con Álvaro, el hermano mayor de Alfonso, en un matrimonio arreglado desde hacía mucho tiempo; le llevaba veinte años a Carmiña. Fruto del desamor llegó a este mundo Angelita.
Cuando Alfonso se enteró de los hechos, se embarcó hacia Europa, sin dudarlo, para no volver jamás.
Doña Victoria, tía de Angelita, se transformó casi en su niñera, las unía un vínculo imposible de romper. La niña desde muy pequeña percibió la falta de interés de su madre por ella, no entendía que inexplicable razón hacía que su madre ni siquiera reparara en ella. Así fue que con el correr de los años fue aferrándose al cariño incondicional que le ofrecía su tía y a pasar otros momentos en compañía de su padre a quien amaba profundamente a pesar de que lo veía muy poco a causa de sus interminables viajes de negocios.
Poco tiempo después nació Poncio.
Un día cuando la niña ya tenía diez años, Doña Victoria discutía acaloradamente con su hermano Álvaro . Ella sospechaba que su cuñada aún pensaba en Alfonso y le era infiel en sus pensamientos. Pero, Álvaro no podía entender porque se ensañaba tanto con Carmiña si de todas maneras ella se comportaba respetablemente. Se encontraban inmersos en dicha discusión cuando Angelita se asomó por la puerta del escritorio. Inmediatamente su padre salió furioso. Angelita no lo pensó dos veces e interrogó a su tía por el exabrupto . Al no obtener la respuesta que deseaba comenzó a presionarla hasta que consiguió que le develara el secreto.
Pasaron los años y Angelita fue creciendo con un enorme rencor hacia su madre, quien ya se había consagrado a la crianza de su hijo varón, el cual, tenía una salud endeble; sufría de los bronquios y los médicos no le auguraban larga vida.
La vida no había sido fácil con Doña Carmiña, se sentía muy sola, había enviudado cuando Poncio tenía ocho años. Un día llegó una carta, dando la noticia de que Álvaro acababa de fallecer en España, a consecuencia de un infarto del cual no se pudo recuperar.
Inmediatamente la salud de su hijo comenzó a resquebrajarse y se confinó a su cuidado, olvidándose prácticamente de su otra hija, quien tanto la necesitaba desde siempre.
No pasó mucho tiempo , cuando, Alfonso regresó de su exilio, y fue a verla para ofrecerle su ayuda. Pero Carmiña no podía aceptar nada de él, le era imposible tenerlo cerca. El pasado volvía para atormentarla.
Por la noche hubo que llamar al médico de urgencia, Poncio se descompensó.
Finalmente en la mañana ya no se despertó. Su vida fue vilmente corta, duró sólo doce añitos.
Doña Carmiña, no podía asimilar tanta desgracia. Se preparó para el funeral.
No se separó ni un instante de ese pequeño que a pesar de todo había sido su razón de vivir.
Se encontraba apartada de todos en esa habitación oscura, fría, atrapada en su soledad. Su mirada,...se perdía en aquellos tiempos tan lejanos, mientras que Alfonso no estaba dispuesto a volver a perderla.