jueves 15 de abril de 2010

Guardapolvos blancos



Mabel querida, que no sospecharás que, viudo, atravesé los mares para arrancar un tumor de nuestra patria.

Leí esta frase en aquella foto una y otra vez. No encontraba relación entre las palabras selladas allí y aquellas charlas placenteras, en las frías mañanas, cuando llevaba mi paquetito blanco con cuatro mediaslunas, calentitas, para compartir con Angel, quien me esperaba con un humeante matecocido, media hora antes de que suene la campana para entrar a clases.

Aquel día, mi amigo se veía taciturno, estaba echado sobre su montaña de cartones, frazadas, pilas de diarios, en la misma esquina de siempre. Nada lucía igual, tampoco estaba lista la infusión. Su mirada me daba miedo, percibí que se trataba de una despedida. Entonces me entregó un cuaderno en cuya tapa decía “Mi mejor amigo”, me estrechó en un largo abrazo y me dijo “adios”.

Me fui caminando lento girando cada tanto para observarlo, de pronto ví que subía a un auto, escoltado por dos hombres de guardapolvo blanco.

Nunca más lo volví a ver. Han pasado veinte años desde aquellos días . Buscando una bufanda, me encontré en el fondo de un cajón, con aquel cuaderno, lo abrí , miré detenidamente la foto de aquella elegante y hermosa mujer. Fue entonces que comprendí aquella mirada taciturna.

miércoles 23 de diciembre de 2009

En ese trabajo le hicieron un lavado de cabeza



Cuando se acercaban las fiestas de fin de año , casi todos los negocios , tomaban personal temporario debido a la mayor afluencia de público que deseaba hacer sus compras para Navidad.La gran tienda “Harrods” exhibía su cartel , como todos los años , solicitando una persona que reuniera los requisitos allí expuestos para tomar el lugar.
Fue así como Sebastián, quien vivía en las inmediaciones , se presentó para el puesto de Papa Noel .
Como la persona que encarnaría a este personaje estaría en contacto directo con niños, debió pasar un examen psicológico para saber si reunía las condiciones necesarias para comunicarse con los menores. La prueba era bastante exhaustiva debido a que la compañía por ser sumamente reconocida no deseaba perder el prestigio que le había llevado medio siglo conseguir.
Superando a los restantes aspirantes Sebastián fue elegido para dicho empleo, motivo más que suficiente para sentirse muy afortunado.
Enseguida comenzó a darles la novedad a todos sus amigos y conocidos , quienes lo felicitaron y le dijeron que jamás tuvieron dudas que lo conseguiría , ya que tenía una especie de “angel” con los pequeños y cumpliría su rol de maravillas..
Por supuesto la empresa le dio el traje correspondiente y lo instruyó en las tareas que debía realizar.
Días más tarde comenzaba a vestirse con el traje rojo y la barba blanca y pasaba todas las tardes ,a partir de mediados de Diciembre , uno de los meses más calurosos del año en el hemisferio Sur ,entreteniendo a los chicos que se acercaban para escuchar sus cuentos y tomarse una foto con él.
Le resultaba placentero el trabajo , a la vez que agotador , ya que el traje de Papa Noel era muy grueso y el último día que cumpliría esa labor , en la ciudad la sensación térmica rondaba los 50º y los equipos de aire acondicionado no daba a basto , así que , al término de la jornada, en ese trabajo , le hicieron un lavado de cabeza.

Amor para siempre



Poncio yacía plácido y calmado. La blancura del rostro, espeluznante, inerte, era un disparo de nieve sobre el lúgubre ataúd. Doña Victoria apenas se vislumbraba en la penumbra, con su pañuelo negro sobre los ojos húmedos de lágrimas culposas y su mirada zigzagueando de la blancura del rostro a la candidez del amante. Alfonso no perdía su mirar libidinoso, ni la apocalíptica muerte de su hermano había podido detener el caótico, infinito sentimiento que le inspiraba la viuda. El seño acusador de Angelita, fruncido hasta las entrañas, era invisible para uno y otra. Acaso no sospecharan que la hija sabía, que la hija siempre había sabido todo. Sólo Doña Carmiña ponía freno a los sentimientos arrebatados: amaba al muerto, claro, pero su debilidad por Alfonso le duraba todavía, incluso entonces, aunque estaba vieja, incluso en un día tan funesto, cuando la vida la encontraba sobreviviendo a un hijo.
Doña Carmiña y Alfonso habían sido novios en secreto cuando eran adolescentes. Se conocieron mientras cursaban la escuela secundaria. Ella llevaba su cabellera azabache recogida con un moño blanco, sus ojos verdes iluminaban su tez trigueña, sus mejillas ardieron cuando Alfonso la miró. Se enamoraron a primera vista cuando ella ingresó al mismo colegio dónde el ya llevaba tres años estudiando. Todo era maravilloso en esos tiempos. En los recreos caminaban tomados de la mano por los jardines de rosas que lindaban con la Iglesia. Se prometían amor eterno. Soñaban con casarse y armar una enorme familia. En pocos meses más él egresaría y ya no sería tan fácil continuar esta relación. Preferían no angustiarse pensando en ello y disfrutaban de su amor.
Grande fue la sorpresa para ambos cuando el padre de él le anunció que su futura carrera la haría en la Escuela Militar de la provincia de Córdoba. Alfonso se negó rotundamente a realizar la voluntad de su padre, pero todo esfuerzo fue en vano, los primeros días del mes de Febrero se encontraba camino a su nuevo hogar, lejos de Carmiña.
Al año, ella se estaba casando con Álvaro, el hermano mayor de Alfonso, en un matrimonio arreglado desde hacía mucho tiempo; le llevaba veinte años a Carmiña. Fruto del desamor llegó a este mundo Angelita.
Cuando Alfonso se enteró de los hechos, se embarcó hacia Europa, sin dudarlo, para no volver jamás.
Doña Victoria, tía de Angelita, se transformó casi en su niñera, las unía un vínculo imposible de romper. La niña desde muy pequeña percibió la falta de interés de su madre por ella, no entendía que inexplicable razón hacía que su madre ni siquiera reparara en ella. Así fue que con el correr de los años fue aferrándose al cariño incondicional que le ofrecía su tía y a pasar otros momentos en compañía de su padre a quien amaba profundamente a pesar de que lo veía muy poco a causa de sus interminables viajes de negocios.
Poco tiempo después nació Poncio.
Un día cuando la niña ya tenía diez años, Doña Victoria discutía acaloradamente con su hermano Álvaro . Ella sospechaba que su cuñada aún pensaba en Alfonso y le era infiel en sus pensamientos. Pero, Álvaro no podía entender porque se ensañaba tanto con Carmiña si de todas maneras ella se comportaba respetablemente. Se encontraban inmersos en dicha discusión cuando Angelita se asomó por la puerta del escritorio. Inmediatamente su padre salió furioso. Angelita no lo pensó dos veces e interrogó a su tía por el exabrupto . Al no obtener la respuesta que deseaba comenzó a presionarla hasta que consiguió que le develara el secreto.
Pasaron los años y Angelita fue creciendo con un enorme rencor hacia su madre, quien ya se había consagrado a la crianza de su hijo varón, el cual, tenía una salud endeble; sufría de los bronquios y los médicos no le auguraban larga vida.
La vida no había sido fácil con Doña Carmiña, se sentía muy sola, había enviudado cuando Poncio tenía ocho años. Un día llegó una carta, dando la noticia de que Álvaro acababa de fallecer en España, a consecuencia de un infarto del cual no se pudo recuperar.
Inmediatamente la salud de su hijo comenzó a resquebrajarse y se confinó a su cuidado, olvidándose prácticamente de su otra hija, quien tanto la necesitaba desde siempre.
No pasó mucho tiempo , cuando, Alfonso regresó de su exilio, y fue a verla para ofrecerle su ayuda. Pero Carmiña no podía aceptar nada de él, le era imposible tenerlo cerca. El pasado volvía para atormentarla.
Por la noche hubo que llamar al médico de urgencia, Poncio se descompensó.
Finalmente en la mañana ya no se despertó. Su vida fue vilmente corta, duró sólo doce añitos.
Doña Carmiña, no podía asimilar tanta desgracia. Se preparó para el funeral.
No se separó ni un instante de ese pequeño que a pesar de todo había sido su razón de vivir.
Se encontraba apartada de todos en esa habitación oscura, fría, atrapada en su soledad. Su mirada,...se perdía en aquellos tiempos tan lejanos, mientras que Alfonso no estaba dispuesto a volver a perderla.